domingo, 27 de octubre de 2013

CARACOL, CARACOLITO...



El Caracol Miguelito

Está siempre asustadito.

¡No lo puede remediar...

miedo de todo le da!



Miguelito es muy  prudente.

Por temor a tropezar

y partirse en dos la frente,

despacio prefiere andar.



Sólo pasea el Caracol

las tardes con mucho sol.

Los días de lluvia, frío o nieve,

a salir, él no se atreve

de su coqueta casita.

Con tres o cuatro gotitas

teme pillar un resfriado

un cuerpo tan delicado.

Con pasitos temblorosos

deja su rastro baboso.

Le aterra no recordar

cómo volver a su hogar.



Se encierra en su caparazón

si sopla el viento guasón.

Teme que sus remolinos

(o incluso el aire más fino)

puedan llegar a atraparle

y... muy... muy lejos  enviarle.


Cuando por fin cae la tarde

se hace mucho más cobarde.

Le entra un pánico tan atroz

que su propia sombra

le parece un ser feroz.



-¿Qui... qui... quién anda por ahí?

¿Qué voces vienen a mí?



¡Pero Miguel...! ¡Miguelito!

¡Caracol... Caracolito!

¿También  las voces amigas

te provocan pesadillas?

Soy tu vecina, la hormiga...



-¡ARGGG! ¡ARRRGGG!
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miércoles, 23 de octubre de 2013

EL POETA



        El poeta está triste. Hace más de una semana, perdió su viejo cuaderno donde plácidamente descansaban sus muy queridos cuentos y poemas. Día tras día recorre la ciudad con la esperanza de encontrarlos.

        Las noches las pasa angustiado, sufriendo al pensar en las mil cosas malas que puedan sucederles.


        La Señorita María, profesora de primaria, lee a sus alumnos nuevos cuentos que encontró por casualidad en una ajada libreta, al tiempo que endulza con dibujos los márgenes de sus gastadas hojas.

        Nuestra querida maestra, se pasa las noches en vela, lamentándose por su mala suerte. No entiende por qué las personas se empeñan siempre en anotar su nombre y dirección en la primera página de sus cuadernos.

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domingo, 20 de octubre de 2013

LA FAROLA



Dibujo: Juan Ángel Parejo Hernández
La única farola que dominaba la Plaza Mayor del pueblo era demasiado chismosa, y eso, en una población tan pequeña como en la que ella vivía resultaba para todos demasiado embarazoso. No tenía ningún reparo en airear los trapos sucios de cualquiera. Con sus mordaces filamentos había logrado enfrentar a unos vecinos con otros e incluso hacer que miembros de una misma familia dejasen de hablarse para siempre. Especialmente enfadado con ella se mostraba Don Ramón, el electricista del ayuntamiento, pues a él culpaban sus conciudadanos “por no saber cumplir con su trabajo y mantener a raya a la dichosa farola”.

Casi ningún vecino se atrevía a pasearse por la Plaza Mayor, y si podían, preferían dar un rodeo antes que atravesarla, para desesperación de su Excelentísimo Sr. Alcalde. Tan solo los chavales del pueblo seguían reuniéndose en la plaza para jugar.
Una calurosa noche de mediados de julio, mientras los niños disputaban un partido de fútbol, a la farola le dio por decir que Andresito estaba enamorado de Elena (la chica más guapa de la localidad) y que en secreto, le escribía poemas de amor. Las bromas y carcajadas de los demás chicos fueron tan gordas que Andrés, colorado como un tomate, sin pensárselo demasiado, sacó su tirachinas y, con su excelente puntería… !BLAAMMM!... ¡CRAAAASSSHHH!

Por si acaso, y al menos hasta que pasen las próximas elecciones, el Señor Alcalde no tiene intenciones de reparar la dichosa farola.

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domingo, 13 de octubre de 2013

EL PUNTO FINAL



            Tras varios meses de duro trabajo, el escritor había logrado terminar una estupenda novela.

- Por ella me darán mucho dinero –le dijo emocionado a su hijo-. Y sin perder más tiempo, se encaminó hacia la editorial.

            Una hora después, el infortunado novelista salía del despacho del editor cabizbajo, mientras éste, furioso, gritaba a sus espaldas.

            Ya en la calle vio venir a su hijo con una enorme bolsa llena de letras que iba recogiendo por toda la acera.

- ¡Papá –dijo el niño- otra vez has vuelto a olvidarte de poner el punto final!
 
Juan Ángel Parejo Hernández

        Y es que… como todo el mundo sabe, sin el punto final, las letras pueden escaparse en cualquier momento y dejar en ridículo ante su editor hasta al más prestigioso y laureado de los escritores.

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